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JUAN ANDRÉS VIDELA

Eduardo Stupia, octubre 2010

Afortunadamente, las pinturas de Juan Andrés Videla nunca terminan de anclarse del todo allí donde, paradójicamente, parecen estar más instaladas. Y en esa dinámica, una vez más es vital el comportamiento de una pincelada a veces nerviosa y díscola, otras veces controlada y económica, que por un lado desmiente toda autonomía disolviéndose en la ilusión de la imagen, y a la vez hace que todo se subordine a sus evoluciones líricas, en su carácter de protagonista excluyente, enredada, tramada, superpuesta, enervada, para perturbar con una suerte de persistente inconsistencia trémula precisamente la consolidación mandataria del objeto narrado, lo cual pondría en cuestión no sólamente la ontología de las cosas que se elige pintar, las presunta solidez de su realidad física, sino la del objeto pictórico.

Así, también podría pensarse que JAV propone no sólo una manera de pintar sino una manera de mirar, para que la misma percepción pierda toda noción corpórea y se impregne de duda, de inquietud, aun frente a la certeza más nítida de estar frente a una escena inmediatamente tangible, perceptible, como si esa íntima insustancialidad que parece envenenar silenciosamente el estatuto consolidado de la imagen narrada fuera el camino para detectar la verdadera sustancia.
Esta pintura tan segura de su pictoricidad tiende no obstante a recelar programáticamente de toda cristalizaciòn, incluso aquella implícita en el dominio del oficio y las afirmaciones del discurso pictórico. Es una pintura pintada despintando el primer impulso, tanto de quien pinta como de quien mira, de fijarse a un recurso, un resultado y un sentido, a pesar de que el recurso, el resultado y el sentido parecen enseguida tan insoslayables y elocuentes. El pincel y los dedos del pintor inscriben minuciosamente el pulso eléctrico de esa nervaduras densas y a  la vez las borronean, en una operación simultanea de sutura  y de licuaciòn de los límites de las partes constitutivas del cuadro, disimuladas en  la fascinación escénica del paisaje o de un interior.

JAV piensa y practica la pintura no solamente como una maquinaria de representación o un lenguaje sino como una reflexión dialéctica sobre el punto de vista, para que a través de éste, en su necesaria fijación, surja la interrogación sobre las certezas semánticas y poéticas del campo pictórico, y consecuentemente sobre los efectos conclusivos que un cuadro puede tener sobre la lógica del espectador. Aquí, el modo de ver parece tener que esforzarse por descorrer un velo, una veladura de vista cansada, una humedad óptica que parece enredar el tejido de la nitidez presunta, de la locuacidad más o menos explícita o metafórica de la que presume todo discurso visual,. Eso que vemos, en su cualidad neta, concreta, empieza a vulnerarse en su superficie, a resquebrajarse como bajo los efectos de un sismo subterráneo que lo perturba y desquicia misteriosamente.

En el cuadro de gran formato, en ese bosque a medias referencial y a medias inventado que parece tan expansivo y exhuberante como recluído e hipnótico, ensimismado en la íntima trabazón de su arquitectura, la estrategia de desarrollar la continuidad de la superficie total a partir del encastre quebradizo y la sutura inevitablemente agrietada de lienzos menores de idénticas dimensiones es clave para quebrar el hechizo de la escena, de manera de que no se imponga de manera tan inapelable,  haciéndola, en esa contiguidad discontinua, perceptualmente ambigua y voluble, aún en su espectacularidad. El panorámico damero funciona como un llamado de atenciòn sobre la artificialidad de los efectos iconográficos, y la relativa consistencia de la homogeneidad de toda imagen, demostrando sin embargo que todo ese campo de acción práctica, de reflexiòn y experiencia, puede ponerse en juego sin abandonar ni por un momento el involucramiento profundo en las galas más sensuales y felizmente arbitrarias de la pintura, como si la plenitud y la intensidad de estos lienzos, que inmediatamente se contagian al espectador, pudieran convivir perfectamente con el más extremo distanciamiento crítico.