| ALEJO SCHATZKY
Quisiera que fuera suficiente. Que al espectador le alcanzase con saber cuándo nací -para que pudiera inscribirme en una generación- y se dedicara a ver mi trabajo sin mayores prejuicios.
Descreo de los currículums formales. Si su función es la de legitimar la obra del artista entonces equivoca el camino, porque lo estudiado –al menos en mi caso- poco tiene que ver con lo aprendido; y una acumulación de premios y exposiciones tampoco es garantía de calidad. La única legitimación posible es la propia obra.
Ahora, si la intención del currículum es dar cuenta de la formación estética y sensible del artista, algo se puede decir.
Recuerdo como un momento fundacional el descubrimiento, a la edad de cuatro años, de dos discos: Rubber Soul, de los Beatles, y Vinicius en La Fusa. Allí puedo identificar el comienzo de la formación del gusto y la dirección de la búsqueda. El resto son los hallazgos, mayormente ligados a lo musical, que me han creado la necesidad de contar una historia que hoy encuentra su traducción en un lenguaje visual. Porque uno se reproduce a sí mismo en cada acto que realiza: hago fotos como toco la guitarra o amaso el pan.
De esos hallazgos rescato los preludios de Bach que tocaba mi madre en el piano todos los días de mi infancia, la guitarra de Juan Falú, los cuadros de Bruegel, los trabajos de David Hockney, las fotos de Sarah Moon, las películas de Tarkovsky y de Goddard, las novelas de Cortázar y de Daniel Moyano. Del compartir con gente afín surge el conocimiento y la posibilidad de encontrarse con aquello que a uno le corresponde. Allí reconozco mis mayores influencias y mi mejor aprendizaje.
|